Un tiempo de acogida
desde los más
personal del asunto.
Con dos ovarios,
corazón
y pedagogía.
Mi presencia
remunerada
contrasta
con mi ausencia
muerte de pena.
Por suerte,
está ella.
Una madre
capaz de acompañar
emocional
y profesionalmente
pese a no tener
formación.
Una clase
magistral
de respeto,
asertividad
y empatía
que frente
a la dureza
del proceso
se enfrenta
a ello
desde la posición
que le corresponde,
la de las
funciones maternas.
Está en juego
la seguridad
y confianza
del vínculo,
esa palabra
tan fea
con un significado
tan bonito.
Estar presente
en el juego
de idas y venidas
donde viene
para coger impulso
y se va hasta
que aguanten
sus pulmones.
El drama de
la separación
entendida
como un ratito
que no se
acaba nunca.
Por eso
por las tardes,
desde el calor
del hogar,
hay que sentarse
y desprenderse
en lágrimas.
Yo no lo haría mejor.
Ni siquiera
las mejores
profesionales
lo harían
mejor que tú.
Eso no te lo quita nadie
aunque no encuentres
consuelo en ello.
El coraje
de tu sonrisa.
El reconforte
de tu abrazo.
La serenidad
de tu regazo.
El privilegio
de tu mirada.
Eso no lo paga
una carrera;
ni la insuficiencia
de un ciclo;
ni la experiencia
de llevar
toda la vida
haciéndolo.
Aunque
no te lo diga,
tu hijo
te lo agradecerá
toda su vida
y yo
me encargaré
de recordártelo
cada noche.
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