Ella siempre tiene
una temperatura 🌡️diferente,
una de esas con la
suficiente empatía
como para darte
calor 🫠 o frío
según lo que necesites.
No es que se ponga
los zapatos 👞 🥿 del otro,
sino que se sabe de sobra
los diversos caminares
para adaptarse a todas
las situaciones.
Abre el gesto
de sus manos pequeñas
para indicar consentimiento,
preocupación y dedicación,
dando la posibilidad
de que las mías
se acerquen a las suyas
para sentir
el coque tectónico
de nuestras palmas
junto con el reposado
aleteo de nuestras falanges.
Me mira
mientras yo aparto la mía
para centrarme
en sus delicados movimientos
de alante hacia atrás.
Aprovecho para poner
mi mejor cara de regocijo
para encontrar en la suya
la satisfacción del
complacer a alguien.
El frote suena
como a palo de lluvia
y me imagino un olor parecido
a piel de naranja 🍊 🧡.
+ ¿Ya, papá? ¿Están calientes ♨️?
- Todavía no, hija, sigue un poquito más.
Y continúa comprometida
con la causa y el propósito
de cuidar y calentar
más que un radiador eléctrico
cuya electricidad controlan
las multinaclonales,
pero ella, ay ella,
capaz de gobernar
todo mi universo conocido
y por conocer.
No me canso de insistir
en la importancia
de los gestos, del detalle oculto,
del matiz inverosímil,
de la idea desproporcionada
por la que nadie apuesta.
Sentirme atrapado
en sus fauces
como si fuera una mosca 🪰
dentro de una planta carnívora
me parece una buena
manera de morir.
- Ya las tengo calentitas, gracias
¿mañanas me las calentarlas otra vez?
+ Claro que sí, papá.
Y cada cual vuelve a su juego,
a su tarea, a sus funciones
deseando que llegue
el día siguiente
para volver a exprimir
esta pequeña escena
de cuidados, amor ❤️ 😍
e ideología.
Porque sí, se llama
la ideología de conectar 🧩.
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