por algún lado
porque por mucho
que intentes cuidarte,
nunca va a ser suficiente.
Pese a la confianza
y las buenas voluntades,
fuerzas la máquina
por seguir aportando
al máximo,
por tender una mano
cuando crees que te necesitan,
porque cuidarse es cuidar al resto.
Pero llega un momento
que sin programarlo
y creyéndote invencible,
que no imprescindible,
detona la bomba
que llevas dentro
y hasta luego.
Son cosas que podrían
evitarse o no,
pero que pasan
porque quieres estar
a la altura
o cuanto menos
agotar todas las posibilidades,
no es recriminable.
El caso es que explotas
y tienes que marcharte
de madrugada
con un dolor
tan insoportable
como desconocido
para que gente profesional
y curada de espanto
te cuenten lo que te pasa.
Llamas al taxi
y lo coges con capucha
porque quieres sentir
algo de alivio
tapando la oreja
por el ruido de ambiente.
El conductor es tu vecino
de la calle de atrás,
San Filemón,
que te recuerda
el nombre de tu hijo
cuando le sacabas
por la ventana para aplaudir
en pleno confinamiento.
De aquella máxima
de salir mejores
ya no se acuerda nadie
y casi nadie salió mejor,
ni siquiera l@s desgastad@s
sanitari@s que van a atenderte
en pocos minutos.
Era la madrugada del
miércoles y al jueves
y yo todavía confiaba
en poder acudir al trabajo.
Mientras, en casa,
todas juntas y revueltas
con toses, mocos y una pizca de fiebre.
Recorro los pasillos de urgencias
tras el triaje
con una otitis de caballo.
Ojalá hubiera sido
un caballo para repartir
coches y mordiscos.
Es uno de los pocos
sitios donde nadie sonríe,
nadie padece sonrisas
sino todo lo contrario,
mientras que el trato suele
ser aséptico, estéril y exento de cariño.
Un par de inyecciones
y varias horas después,
me marcho derrotado
y con el mismo dolor
para volver en un autobús
que ya ha comenzado su itinerario.
Cuando llego al portal
miro al quinto
y las luces están apagadas,
todo el mundo duerme
tras una noche festiva
en el peor de los sentidos.
Subo las escaleras
muerto de dolor
sabiendo que nadie
va a ir al trabajo, ni al cole,
ni a la escuela, ni a estudiar.
Nos quedaremos en casa
lo más arrimaditas posible.
De repente
comienza a supurar sangre,
pus y fascismo.
La presión se libera
y voy notando algo de alivio
porque aquí nadie se atrevió
a meter en vena antibiótico.
Dejo de sentir el pitido
para coger la frecuencia
del ruido blanco,
pero ya es distinto,
ya me tranquilizo
con el mismo chándal
de la jornada anterior
que se ha convertido en la actual.
L@s cachorr@s se levantan
con su energía de siempre
pese a los desvelos, las deshoras
y el cansancio acumulado.
Solo les cuento dos cosas:
la primera que no suban
mucho el volumen;
la segunda,
que aquí todo el mundo
comienza sus vacaciones
de manera anticipada.
Después de reventar
algo bueno teníamos
que sacar.
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