sin el rabillo del ojo,
sin la alerta necesaria
cuando acompañas cachorr@s,
sin mirar el reloj
de manera rutinaria,
sin esperar un grito
desde el salón
a modo de llamada,
en definitiva, sin interrupciones.
El saneamiento necesario
sin pagar 80 pavos la sesión.
Temas como el curro,
la oposición,
o la situación social actual
fueron nuestros focos
de ventilación.
En realidad,
dando igual el qué,
nos desgranamos en el cómo
como cuando de adolescentes
nos veíamos a solas
rodeadas de gente
pero sentíamos esa intimidad
irrenunciable
de un amor-volcán
al que le daba igual
qué o quiénes llevarse
por delante.
Estuvimos hablando
para hacer memoria
de cómo se habla
cuando a priori
solo estás centrada en una cosa:
en estar.
También cabía
la posibilidad
de haber perdido la capacidad
de hacerlo,
pero nuestra cantidad
de tiempo
es a la vez nuestro legado,
nuestra caja de herramientas,
nuestra habilidad mejor valorada.
Caminábamos, fumábamos
y nos dábamos las manos
con el foco
la una en la otra
sin intromisiones
de todo lo que estaba
ocurriendo alrededor.
Nuestra baza bien aprovechada
hasta la ultima gota
porque nunca sabes
cuando vendrá
la siguiente oportunidad.
Sin ápice de culpabilidad
porque consideramos
qué estamos en nuestro derecho,
sin grandes alardes,
solo convencidas
y obstinadas en complacer
una necesidad humana
que muchas veces
se ve limitada
o ni siquiera
contemplada.
Estuvimos hablando
con cafés en los bolsillos
y transbordos
en transporte público
sin mirar a nadie
por encima del hombro
porque solo teníamos
ojos para una cosa,
para la boca que teníamos
en frente
con la única buena voluntad
de besar con permiso
esperando a que nos llegase
el turno.
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