viernes, 29 de diciembre de 2023

H4N

Cuando tu entidad física
y tu identidad
pasan a denominarse
con un código
alfanumérico,
quiere decir
que no son buenas noticias
o que cuanto menos,
te ubicas en una sala de espera
donde esperar se convierte
en un tiempo demasiado indefinido.
Era la cuarta vez 
que acudíamos
a Urgencias y sabíamos
que iba a ser la última.

Desde 1887, es el mejor
hospital pediátrico
de todo el país,
donde se incluyen todas
y cada una de las especialidades
necesarias.
Me acordé de mi escuelita,
la cual tiene muchas homónimas
pero ninguna como la mía,
especializada en un tipo
de acompañamiento
que debería de ser universal.
Quien se gana una fama,
positiva o negativa,
será por algo.
Y quien marca la diferencia,
en este caso para bien,
también es por méritos propios.

Casi después de dos horas
de espera con muchas 
preguntas curiosas por medio
y unas ganas indirectas
de zanjar el proceso,
nos atiende Rosa,
a la cual le preguntamos
su nombre en primera instancia
por si queremos dirigirnos a ella.
Por eso y porque tenemos derecho
a conocer los nombres
de quiénes nos van a atender.
Vuelve a ser recomendable
el uso de mascarilla
por eso del resurgimiento
de COVID y Gripe,
pero pudimos entrever
su gesto amable 
y su sonrisa abierta.

La única preocupación del cachorro,
como casi siempre,
era la de si le iban a hacer daño.
La mía, como siempre,
la de que le humanizaran
como persona que es
y contasen con su consentimiento
para todo.
El relato de estos últimos años,
por suerte, va de eso,
la de establecer un relato
donde preguntar es obligatorio
y aceptar las posibles respuestas
también.
El sí es sí
o el no es no,
es uno de los mayores avances
sociales de este país.

Me aseguro que se dirijan
a él por su nombre,
y Rosa,
tan buena observadora
como profesional,
se da cuenta de que le cuento
a mi hijo todo
lo que está ocurriendo,
le describo todo lo que
se incluye en el ambiente,
le lleno de amor y confianza
para que intente sentirse
un poco más seguro.
Sin saber si Rosa
lo hubiera hecho
por iniciativa propia,
me aseguro,
a partir de mi modelo,
que ella se tome en serio
la actitud de acompañar debidamente.
Y lo hace,
lo hace tan bien,
que casi pareciera
que estuviéramos
en un entorno deseado.

Cuenta con él,
le pregunta,
le pide permiso para tocarle,
le ofrece confort
con sus palabras
e incluso le da la posibilidad
de decidir ciertas cosas,
por ejemplo cuando le ofrece
volver a ponerse los calzoncillos
durante la exploración
de su cuerpo
para que se sienta 
menos invadido.
Eso no lo hace todo el mundo,
cuidar hasta el más
mínimo detalle
y que cada movimiento
y/o acción estuviera
tan bien planificada
que no daría lugar a dudas
ni miedos.
Por eso me recordó
tanto a mi escuela,
porque lo que hacemos
en mi escuela
no lo hace casi nadie
pese a pertenecer a
un mismo gremio de miles,
de miles de profesionales
que al fin y al cabo
nos dedicamos a acompañar
a la infancia.

Mientras Rosa
redactaba el informe final
y yo intentaba resolver todas
las dudas que nos habían
carcomido durantes 
estos días atrás,
el cachorro inspeccionaba
el box número dos
con una actitud casi científica.
Sentía tanto bienestar,
que se atrevió a recorrer la sala
con independencia
de lo que le dijéramos,
tocando los tubos,
arrancando el papel
de la camilla,
mirando por las cristaleras...

Rosa acababa el turno
al día siguiente
y darían comienzo
sus, seguras,
merecidas vacaciones.
Me alegré tanto
como si fuera yo
el que las fuera a coger.
Empaticé tanto,
que mis mejores deseos de estas fiestas
los deposité enteros en ella.
Nos despedimos
como si hubiéramos
salido de un maravilloso
espectáculo de circo
donde no se maltratan animales,
sino que con el propio poder humano,
se hace una magia incorruptible.

Salimos tan contentos
que en lugar
de que viniese el abuelo
a recogernos,
decidimos emprender
el camino de vuelta a casa
en autobús,
tal y como acostumbramos
en nuestro día a día.
El resultado fue
que sin cambiar
el diagnóstico previo
de las visitas anteriores
a urgencias en otro hospital,
esta vez nos dieron acceso
a nueva información,
a establecer una conversación
donde desquitarnos
y preguntar todo
lo que necesitábamos
preguntar por muy tonto
que pareciera.

Por tanto,
el derecho a la información
y a la expresión libre y personal
de todos nuestros miedos
fueron atendidos
con matrícula de honor
y esto es algo,
que por desgracia,
no debiera de ser excepcional
sino la norma y el modus operandi
de cómo ofrecer un servicio
de acompañamiento a la infancia.
Así que gracias Rosa,
no te bendigo 
porque no soy creyente,
ahora bien,
le hablaré a mi hijo
de tu práctica siempre
que pueda,
como una clase magistral
de interesarse por la infancia.

_A Rosa,
porque ella sí que salió mejor
de la pandemia
o quizá ya lo era,
en todo caso,
mis más humanizados agradecimientos_

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