en que nos conocimos
en el barullo de un
patio de colegio
a través de un Casio clásico,
no supimos adivinar el futuro.
No estábamos en esas,
suficiente teníamos
con llegar a un sitio nuevo,
sin conocer a nadie,
naciendo los primeros
pelillos del bigote.
Crecimos físicamente,
nos desarrollamos psicológicamente
y nos desbordamos emocionalmente.
Fuiste el primer y más
importante elemento
de toda mi adolescencia,
mi salvavidas de las balas perdidas.
Somos el producto
de un colegio concertado,
un tipo de centro en alza
por aquella época
que poco tenía que ver
con la diversidad o lo universal,
pero nuestr@s pamadres
no se equivocaban,
ellas, como siempre,
como tú y yo ahora,
tomamos las que creemos
son las mejores decisiones
para nuestros hijos e hijas,
en realidad, lo perverso,
es el sistema.
Pero no vengo aquí,
ni estoy ahora
para lanzar proclamas políticas,
aunque politizarnos,
también lo hicimos juntos,
e ideologizarnos
tomó sentido a partir
de estrechar lazos.
Los estudios
ni fu ni fa,
fuimos superando materias
de manera mediocre
pero satisfactoriamente.
Lo que allí construimos
si es que es digno
de estudio.
La rebeldía,
las contradicciones,
las decepciones
y las conquistas,
las asumíamos
como algo definitivo,
como si el mundo se fuera
a acabar el día siguiente.
De ahí el choque generacional
y la confrontación
que siempre habrá
entre un adolescente
y su familia.
Pero una vez superada
esa etapa,
te das cuenta
que nada es para siempre,
excepto lo nuestro.
Después de la etapa obligatoria
de un bachillerato privado,
nos convertimos en un río
con sus afluentes,
con puntos en común
y lugares de desencuentro
donde cada uno cogió
su cauce
para reencontrarnos
muchos kilómetros
más adelante.
Como un bebé
con su madre,
llegó un punto
en que necesitábamos
diferenciarnos
para transitar otros lugares,
formar parte de nuevos círculos
y tomar decisiones
sin el conocimientos del otro.
Eso también nos lo dio
El Valle,
demasiadas relaciones caducas
y sólo dos perennes,
pero qué trío formamos
hasta la actualidad
de nuestros días.
Recuerdo con ternura
como antes que la media,
comenzamos a hablar
de antirracismo,
de feminismo,
de anticapitalismo,
de conceptos como la verdad
y la transparencia,
de la muerte,
de los miedos y las pesadillas,
de amor.
Fuimos genuinos
y vanguardia
en términos de progresismo
formando parte
de una generación hundida
por la crisis económica,
social y humanitaria de 2008.
Nos jodieron los sueños,
nos quitaron las fuerzas
y perdimos el rumbo
siendo criminalizados
y marginados.
Pero salimos,
salimos como salen
las ballenas
en mar abierto
para coger aire
y respirar.
Y lo hicimos con todos
nuestros defectos,
pero con un derroche de humildad
histórica, de uno de los colectivos
más vulnerables,
los y las jóvenes.
Habíamos marcado
la diferencia
desde el cambio de milenio,
cuando todo parecía apocalíptico.
Parece mentira
todo lo que ha pasado
en estos veintitrés años,
ni Nolan ni Spilberg
fueron capaces
de anticiparlo
en las películas
que consumimos.
Por eso,
aunque reneguemos
durante muchos años
de dónde venimos,
es precisamente
ese punto,
el que establece las claves
del camino.
Seguimos juntos por eso,
por compromiso y disponibilidad,
por cariño y memoria,
por la valentía y la sinceridad
que se requieren
para cuidar a alguien,
perdonar y ser perdonado.
Tenemos un papel
tan distinto
al de aquel día
de septiembre del dos mil,
que da vértigo imaginárselo,
pero la esencia,
el olor que por aquel entonces
desprendíamos
y la definición
de nuestras sonrisas,
siguen siendo las mismas.
Hoy te unes formalmente
a una chica sevillana
que en su día
vino a Madrid a buscarse la vida.
Lo que tampoco sabía vosotras,
es que ibais a dar
vuestro pelotazo urbanístico
con una bimba caída del cielo,
Julen.
Simbólicamente,
sois mucho más
que un papel oficial
con vuestras firmas,
sois el tipo de proyecto
que querría firmar
cualquier arquitecta,
porque vuestra estructura,
en términos físicos
y en términos sentimentales,
trasciende a cualquier
plano escrito.
Sois la idea consumada
de lo que la gran mayoría
tarda una vida entera
en encontrar.
Hoy os celebro
a vosotras,
a vuestro hijo Julen,
a mis amigas del alma,
por encima de todas
las miserias de este planeta,
porque si hay algo
que necesite este planeta,
son tres personas
como vosotras,
únicas, auténticas
e imprescindibles.
También celebro
a l@s abuel@s,
que seguro,
nunca habían sido tan felices,
ni se habían sentido
tan orgullos@s.
Y por último,
celebro las amistades
íntimas y exclusivas,
las que sobreviven
al paso del tiempo
y se interesan
por los cuidados,
por eso,
hoy estamos aquí
l@s que tenemos que estar.
Os quiero.
Que os vaya jodidamente
bonito.
_A Julen, Nerea, Álvaro,
abuel@s y amig@s_
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