viernes, 29 de septiembre de 2023

Cuando te llaman por la noche

Una no deja de estar alerta
de madrugada.
Una se acostumbra
a que puede ser llamada
a horas
que nunca creíste
que nadie pudiera
pronunciar bien tu nombre
o tu denominación.
Una siempre está esperando
la demanda inesperada,
el sueño mal avenido
o el brote del virus.
Una, desde el mismo momento
en que decide estar,
ya está para siempre.

Pero no relataré este texto
de forma inpersonal
e indeterninada
Me incluyo como actor
y protagonista de 
un guión nocturno
tan impredecible
como sopresivo.
La ecuación perfecta
del baile de las luciérnagas:
pisadas en el salón,
los ruiditos de los colchones
y el raspado suave de
las caricias por todo el cuerpo.

A mí que me llamen,
porque de un salto
llego del sofá a sus camas
y me sobra fuerza
para no volver a conciliar el sueño.
Cuando me llaman
pienso en si procede echarme
el primer café negro y sin azúcar
del día,
porque el acompañimiento,
si es con un café
sujeto entre las piernas,
sabe mucho mejor.
Recuerdo cómo
me gustaba quedar de joven
con mi gente
a tomar café a cualquier día;
una especie de evento íntimo,
casi mágico,
donde sentía que nada
podía fallar.
Así desde los catorce años.

Total, que cuando me llaman
me levanto como un resorte
y acudo a la llamada
de mi manada.
Allí me espera
un@ de mis cachorr@s
si no son l@s dos
y nos saludamos
sabiendo que aunque no se vean,
las estrellas siguen ahí.
Como dice el cuento:
"Bailan los planetas
alrededor del sol,
hacen mil piruetas,
a la luz del farol".

A mí que me llamen,
siempre presente y disponible.
Levantarse es de izquierdas,
así que jódete.

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