notificaron oficialmente
el cierre de escuelas
y colegios en Madrid.
El ambiente
se presentaba extraño,
casi festivo
ante la incertidumbre
de enfrentarnos a algo
que nunca nos
había pasado.
Las familias
dejaban a sus
hijos e hijas
un tanto angustiadas
y con la tarea
de proyectar
una conciliación
para los próximos
quince días.
Nadie se imaginaba
que ese fin de semana
no lo iban a dar "resuelto".
Estado de alarma nacional
y confinamiento obligatorio
para toda la población
hasta el mes de mayo.
La mañana fue tranquila
entre risas nerviosas
y lo que creíamos
que iban a ser
unas vacaciones
aparecidas de la nada.
Todavía había
estómago para bromas.
Los niños y las niñas
ya empezaban
a interiorizar
el concepto de virus,
que sin duda,
les(nos) marcará
para toda la vida.
Llamar a las cosas
por su nombre
para conocer el impacto
de su significado
es el primer paso.
Cuando las familias
volvieron para recoger
a sus hijos e hijas
por la tarde,
se llevaron en
bolsas de basuras
todos los enseres personales
con el ánimo de que los desifectaran
para la hipotética vuelta
en dos semanas.
Fueron los últimos besos
que pudimos dar
a nuestra Pandilla.
Hoy, soy consciente
de aquella dramática
e injusta despedida.
En el libro de aula
pintamos el cierre metálico
de la verja color roja
con buenos deseos
y el ánimo
de reencontrarnos
el 26 de marzo.
Estábamos equivocadas.
No iba a haber tal reencuentro.
Nunca volveríamos
a juntarnos
el grupo entero.
Era martes y
teníamos claustro.
La primer parte fue
en equipo, organizativa,
expectativas y repartición
de tareas.
Seguíamos especulando
con sorna
quitándole hierro
al asunto.
La segunda consistió
en lavar y recoger materiales
de las aulas
en pareja educativa.
Aquel fue el primer
entrenamiento
de un protocolo estricto
que llevaríamos a cabo
muchos meses después.
No se respiraba miedo,
ni siquiera preocupación.
Hicimos todo
de manera amable
con cierta actitud juguetona.
Íbamos a pasar
demasiado tiempo
sin vernos, sin tocarnos,
sin pixelarnos.
Si lo llego a saber,
hubiera dedicado
mi tiempo a dar abrazos,
a desear bien y bonito
en las últimas conversaciones,
en lugar de lavar materiales
de metal y madera.
Nos despedimos incrédulas
a las 18.30.
El titubeo de las
últimas palabras.
Los abrazos torpes.
El no mirar hacia atrás
por orgullo,
o porque te importaba
una mierda,
depende a quien
le preguntes.
- ¡Venga, que en nada nos vemos!- Dijo alguien.
Tu miseria.
Poca broma
Hasta el 22 de junio
con todo lo que pasó
entre medias.
Daría mi brazo derecho
para que no volviera
a ocurrir lo mismo.
_A aquel 10 de marzo de 2020_
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