como si te tuviera
cogido en brazos.
Todas estuvimos
esperándote
dentro de la furgo
en el párking
de aquel hospital.
Otro hijo del invierno
nacido del útero
de la Regidora
con contracciones
filoménicas.
Y su padre
con todo dispuesto
porque no se le escapa
ningún detalle
ya que no hay detalle
más grande que él.
Y tu hermana,
que contiene
la letra muda
de la prudencia,
ya te acariciaba
entre la única frontera
que os habrá separado
alguna vez,
la tripa de mamá.
Te Leo
con café recién hecho
y sin humos
por respeto a la infancia.
Tu nombre viene
de uno de mis verbos
preferidos,
porque me pasaría
la vida entera
leyéndote
aún sin todavía
haber tocado
tus tapas
qué seguro
son duras
como las manos de tu padre
y suaves como las de tu madre.
Te Leo y me lees
porque no nos queda otra,
pero no te apures,
tendremos tiempo
de escribirnos y decirnos
con otros lenguajes.
Hasta entonces,
no me cabe duda
que crecerás en sierra
y te colmarás en frío.
Cachorrearás
con tu hermana humana
y con tus hermanas peludas.
Descubrirás el huerto,
conocerás las flores
y contarás con las gallinas
como buenas amigas,
sobre todo con Tanqueta.
Cuando entonces llegue,
tu Kuadrilla
se regocijará en tu risa
para morir en tu espalda.
Porque así somos nosotras,
campos castellanos
que necesitan
poca agua
para sobrevivir
y ninguna puerta
que nos retenga.
Querido Leo,
que éstas solo sean
las primeras líneas
que te dedico
y que te las pueda
recitar pronto
mirándote a los ojos.
_A nuestro decimosexto campo_
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