Yo pasaba los ratos en un valle casi vírgen. Los que de allí éramos pisábamos la hierba húmeda sin prohibiciones. Ingenuos aquellos días en los que crecíamos sin saber a dónde, sin cauce posible. Respetábamos el entorno como adolescentes que éramos, malvados-inocentes, tumbados/despertados. El presente nos bastaba.
Un día, con paso agigantado, a lo lejos, tanto que casi ni podía verse, apareció el pico de una montaña sin descubrir, inmaculado. Me extrañé ante tal novedoso suceso. Y algo cambió en mi. Me hice mayor a bote pronto y lo comprendí; vivía acomodado en mi valle de lugares entrañables sin limitaciones para nadie.
Emprendí el camino hacia lo desconocido. Por primera vez, con los ojos vendados, abandoné mi zona de confort con una mochila vacía expectante de aventuras exclusivas. Poco a poco, tras el acercamiento, la gran montaña se dio cuenta de mi existencia. Rebajó su pendiente, quitó las piedras y podó sus árboles para dejarme ver el cielo, el último de los guías cuando ya no quede Tierra. Hice el esfuerzo más grande de mi vida, tanto, que me asustaba con el avance sin la posibilidad de retorno. Hasta que llegué. Me vi inmerso por el punto más alto y puro del mundo. Sabía que no volvería a ser el mismo y acogí con un abrazo y dos susurros el regalo de todos los tiempos.
Desde entonces me sitúo privilegiado con vistas a la belleza natural que me proporciona la montaña. Vemos junt@s, lejano aquel valle al que jamás volvimos, sabiendo que allí empezó todo y al que le debemos, de vez cuando, miradas cómplices de lo que quisimos construir y ahora somos.
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