Te pones frente a él
y haces balance.
Le miras y asumes
quién eres,
cómo has llegado,
cuánto te ha costado.
Agachas la cabeza
y lo vuelves a intentar.
Muy difícil reconocerse,
imposible conformarse.
No cabes entero
y te encantaría
romperle en mil añicos
pero sabes
que mereces la pena,
que eres carne y hueso
y él sólo un reflejo.
Tú eres eterno
y él efímero,
porque cuando tú
no estés,
te habrás repartido
por el mundo
sin condiciones
y el espejo,
el reflejo de lo que fuiste,
se irá a la tumba
olvidado
entre los muertos
que nunca supieron
nada,
que nunca supieron
a nada.
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