las señales que mantienen
la memoria intacta.
Las de la más pura ternura,
dulzura y nostalgia.
Verle tan grande,
acurrucado en el sofá,
con su ritual
de rizos y rulos
me impacta de lleno
en el corazón,
pero también en el estómago
por eso de llenarme
de nervios y mariposas 🦋.
Su cuerpo crece
y su personalidad se desarrolla
a pasos agigantados,
ya es difícil sentirle
como un niño pequeño,
aunque lo sea.
Su indefensión
ya no lo es tanto
y acordarse
de su antigua dependencia
me llena de nostalgia.
Incluso así,
durante toda la vida,
mantenemos ciertos rituales
que nos fueron
conformando poquito a poco.
Van y vienen
como las mareas,
pero siempre reaparecen
cuando menos te lo esperas.
Es entonces
cuando te conmueves incorrupto
por acoger y revisitar
algo que nunca desaparecerá:
el constructo del crecimiento
de tus hij@s.
Las pistas para que
no se te olvide
cómo volver a casa,
dotadas de significados
inocentemente estelares.
Una motricidad tan fina
que por momentos
pareciera mágica:
mientras lees,
mientras comes,
mientras te sacas un moco,
como si todas las situaciones
estuvieran hechas
para combinar ambas tareas.
No es una llamada de auxilio,
es un toque de atención
para evitar el profuguismo.
Fantasía, poesía, filosofía.
Tócate el pelo
las veces que te hagan falta,
aunque te diga que no,
aunque me posicione
en contra,
aunque conlleve una reyerta,
con sus tiras y aflojas,
para que pueda relajarte
las infinitas partes
de cómo un ser extraordinario
puede llegar a tocarse el pelo.
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