que mil palabras
porque además
no había posibilidad de palabras.
La instantánea del pánico,
del terror, de la locura
más absoluta.
Cuando la imaginación
y sus distintas ramificaciones
te hielan el cuerpo
y cualquier posibilidad
de respirar tranquilo.
Una imagen imborrable
aunque la quieras mandar
a elementos eliminados
permanentemente
por todos los medios.
Nadie está preparada
para convivir con el miedo
sin que le pase factura,
es imposible,
ojalá existiera
el flash del olvido
para algunas cosas
que te marcan la vida
hasta que te llegue la muerte.
Sentir y padecer
es inevitablemnete
involuntario;
ser capaz de expresar,
desahogar y ventilar
los detalles, los matices
y las aristas
es realmente
lo que te acaba conmoviendo
para mal o para bien.
No hay vuelta atrás
una vez que sucede.
Determinante
como el calzado
que eliges
para afrontar el día.
La imagen viene y va
como las mareas,
pero es perpetua
como la Luna
que se distingue cada noche.
Estremecerse
por todos los ángulos
y todos los puntos cardinales
serviría para eliminar
cualquier atisbo de equidistancia
que solo conduce a la indiferencia.
El impacto del momento,
la seducción del riesgo
y la irreversibilidad de la tragedia
es lo que nos mantiene alerta
con una respiración más que agitada.
Las imágenes hablan por sí solas
aunque precisamente
lo que recuerda
es que no podía
articular palabra.
Esa fuerza oceánica,
mil veces mayor que la volcánica,
es la que te hiela los huesos
y te empapa de lágrimas.
El blanco y negro
define en sí mismo
que no hay color posible,
pero es mentira,
justo son esos grises 🩶
los que impactan de lleno
desde la retina hasta la aorta
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