de currar donde
cuidan y educan a mi hija,
sino que tengo el privilegio
de escuchar su risa proyectada
en un jardín pedagógico
con acceso ilimitado.
Los acordes que inundan
cada arbusto,
cada esquinazo del laberinto,
cada árbol cuya sombra
es un refugio.
Acordes que se balancean
en la hamaca,
que se se deslizan
por los toboganes,
que se esconden bajo la arena.
Unos acordes únicos
entre millones,
tan kilométricos
como inconfundibles.
La sensación de estar
acompañando
como si lo estuviera
haciendo en mi propia casa
al escuchar sonidos
tan familiares
que nada puede
provocar que me sienta solo.
Una risa fuerte y continuada,
de esas que a cualquiera
le saca una sonrisa;
una risa con una potencia
tan intensa,
capaz de eludir los apagones;
una risa tan regada de juego
que es imposible
que se te olviden
los matices de infancia;
una risa tan amplia
como los campos amarillos
de Machado;
tan ideológica
como el rayo que no cesa
de Miguel Hernández
y todos sus pueblos estandarte.
En definitiva,
una risa tan concreta
que es improbable
que nadie se pierda
entre tanta confusión,
incertidumbre y plegarias.
La risa de mi hija pequeña
como si fuera un arma
cargada de amor, memoria
y dignidad,
sin munición peligrosa,
sin la posibilidad
de dar cabida a la muerte,
con la convicción
de los lugares
en los que cabemos todas.
La risa como derecho humano
que todo el mundo
debería poder sentir
a lo largo de su vida
yo la he tenido
durante tres cursos enteros,
nada más y nada menos.
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