Las jugadoras
se han dejado el alma
en el campo.
Sin ningún gol
en contra,
el partido se ha basado
en defenderse
a toda costa.
Eso que dicen
de que la mejor defensa
es el mejor ataque
no tiene cabida ahora.
Con toda la
deportividad
del mundo
se han mantenido
los arcos a cero,
recibiendo aplausos
con cada atajada,
con cada recuperación,
con cada segada
por detrás
sin recibir
ninguna amonestación.
Mientras tanto,
en los palcos,
algunas altas esferas
exigen que el partido
se de por finalizado
restándole importancia
al encuentro
y dando por hecho
un resultado
que no favorece a nadie.
Las jugadoras,
es decir,
las expertas que se
han dejado la piel,
piden encarecidamente
que el partido tengas
las prórrogas necesarias
para seguir
batiéndose
en duelo
contra un enemigo común.
La casta,
en cambio,
de lengua afilada
y dientes blanqueados,
no se afloja la corbata
y prepara la carne
que ha de ser devorada.
El resto del estadio,
despliega una pancarta
comunitaria
con el número 23
a la espalda.
Los asientos vacíos
son de la gente
que está siendo enterrada.
El banquillo
está repleto de suplentes
esperando un contrato digno.
La utillera,
nunca antes valorada
hasta ahora,
da ejemplo de garra
y solidaridad.
La gente se amontona
en los aledaños del campo
esperando
la decisión final.
Y las televisiones
ya no las enciende nadie.
La colegiada y sus linieres
pitan el final
del partido,
pero aquí nadie
se va al vestuario.
Beben agua,
estiran músculos,
y se preparan
para las prórrogas
que le hagan falta
para vencer,
para vencer
todas nosotras.
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