Madrid.
Si hace
cuatro años
ascendiste
a las puertas
del cielo
y lo celebrábamos
en la Cuesta Moyano,
cuatro años
después
volvemos a ser
l@s vencid@s
descendiendo
a la hoguera
del infierno.
Madrid,
una vez más,
la única
que no da ejemplo.
El orgullo
se nos cuela
por el desagüe
atascando
todas nuestras
esperanzas.
Madrid.
El que solo
da una oportunidad.
El de la abstención.
El que mira
para otro lado
sin hacerse
cargo.
El que no contempla
equivocaciones
cuando hablamos
del otro bando.
Será más cómodo
estar en la
oposición
para que nos manden
salir a la calle
una vez al mes.
Madrid
debería arder;
lo dijo Paco León.
Pero Madrid
solo sabe
a agua estancada
e ilusiones
externalizadas.
Madrid.
El de los triunfos
deportivos
que están
por encima
de los políticos.
Madrid
el amoral
que viste
chaqueta
y corbata
para que las
apariencias
resulten
más gustosas
a la vista.
El Madrid
del odio
incapaz
de escapar
de los posos
franquistas.
Madrid
alzheimer
y enfermedad
terminal.
En Madrid
naces
pero no lo sientes
como tal.
Madrid capital
de la decepción;
cuanto más
te adentres
en el centro,
más de derechas
se te vuelve
el cerebro.
La izquierda
colapsa
como la vena
al cortar.
Los barrios
al nivel
del alcantarillado.
Sus gentes
subterráneas
ya no pueden
caminar.
Madrid
metástasis
que se transmite
por señal wifi,
donde valen
más los coches
y las banderas
por colgar.
¿Agradecida?
Si, un huevo.
Pero, ¿de qué ha servido?
De poco más que nada.
Lo siento hijo.
Estuvimos apuntito
pero tú ya
no lo verás.
Madrid
desierto,
caminante
deambulante
agonizante,
oasis
de cuatro años
para acabar
muriendo
en arena
quemada.
Madrid
reducido
a cenizas.
Mi Madrid
no eres mío.
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