El papá juega con su hijo minutos antes de irse.
Mientras tanto, en la calle desértica,
papá le cuenta a una mujer desconocida
cómo debe cuidar a su hijo.
Algo extraño se palpa en el ambiente.
Al papá se le denota inquieto, nervioso, indeciso,
habla muy rápido y no para de hacerlo.
El hijo juega "solo" a escasos metros de los adultos
como si no fuera con él la cosa.
Pero algo presiente, se le nota en sus movimientos.
La mujer sonríe ahogada en medio de tanta información,
tiene buena presencia, se muestra cercana.
El papá no sabe cómo hacerlo.
Odia tener que irse. Se odia a sí mismo.
Busca las palabras adecuadas para no asustar a su hijo.
Desde el amor, desde el cariño.
El hijo lo ha entendido hace mucho rato,
pero no sabe o no quiere demostrarlo.
Le asusta la realidad de la separación.
Coquetea con su padre invitándole al juego.
Lo entretiene.
No le suelta la mano.
Le mira entre triste y alegre.
El papá sabe que va a llegar tarde.
Le explica que llegará en mitad de la noche
cuando él ya esté dormido y por la mañana
lo despertará para desayunar juntos.
A ambos le duele,
pero saben que no hay otra forma.
Irremediablemente determinados.
El papá le da a su hijo el beso
más profundo y bonito que he visto en mi vida.
Soy testigo predilecto.
El hijo da la mano a la mujer extraña.
El papá cruza la calle encorvado, decaído
no volviendo atrás la mirada
ante los gritos incesantes de su hijo.
No dudo que en el reencuentro de mañana
se consoliden entre sonrisas y lágrimas.
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