Te pones detrás de ella,
provocando,
sin decir nada.
Sólo hablas con el aliento
y la rozas con las ganas.
Las respiraciones
se sincronizan
y te gusta
que ella no pueda
ver lo que está pasando.
Para igualar
condiciones
cierras los ojos
y te das a la intuición.
Maldices los sueños
que son incacapaces
de ponerse en situación.
Te presumes
afortunado
desde un lugar
privilegiado.
Y lo mejor
ocurre,
a veces,
cuando te despistas;
sin abrir los ojos
escuchas a tu musa
decirte:
"Déjame quererte la oreja"
Y tú,
levemente te agachas,
y te dejas querer,
como si nunca
te hubieran querido la oreja.
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