el que nos damos
las manos,
la figura múltiple
que se configura
con la simbiosis.
Es el ángulo desde
donde miras
el que determina
las actitudes que se descubren.
Es el ángulo de la herida
la que marca la diferencia
entre el suspiro y el sollozo.
Es el ángulo de la palabra
la que dice una cosa
o la contraria,
la que te convence
o te disconforma,
la que integra o desechas
con toda una fuerza
kilométrica.
Es el ángulo de la mochila
el que combate los prejuicios
de quien utiliza esa
misma palabra
para explicar los pesares ajenos.
Es el ángulo del beso
el que expresa
el debido consentimiento,
las puras intenciones
y el significado
de los sentimientos.
Es el ángulo de la cama
donde se sueña
o se teme a partes iguales
cuando una se deja llevar
tras el ritmo frenético
de todo allí
donde nos gustaría llegar.
Es el ángulo de la equivocación,
justo y preciso,
en busca del perdón
a través de la redención
y el arrepentimiento
sin tintes seculares.
Da igual el ángulo del nazi,
es nazi y punto.
Es el ángulo del tacto
marcando la diferencia
entre lo sutil y delicado
o lo burdo y descuidado.
Son 360 grados,
finitos, limitados
e incluso incapacitantes
y cualquiera de ellos
se nos viene grande.
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