pamadre
o figura de referencia
primaria
en la crianza
como se aprende
a ser adolescente:
sin un rumbo definido
y a hostia limpia.
Aquí no se va a hablar
sobre los comeflores
que vomitan corazones;
aquí estamos para
escribir sobre realidades,
seguramente preciosas,
pero también durísimas.
Y es que, la crianza,
la de andar por casa,
no con el ánimo
de infravalorarla,
sino con la voluntad
de la profundidad
que implica el hogar,
es una jungla
de contradicciones,
decepciones
y pesares.
Ya está bien
de magnificar
la disciplina positiva.
Es momento de
hacer psicología
(de la auténtica)
para posicionarnos mejor
en el abanico
de los acompañamientos.
Y para hacerlo,
por supuesto,
me basaré en mi
experiencia personal,
tan legítima como
la de cualquier
experto en pedagogía
y claro está,
por encima por goleada
de los discursos efectistas
y los carroñeros vendehumos.
La parte que nadie cuenta
no tiene medallas,
ni reconocimientos
que valgan,
ni siquiera tiene
un ápice de satisfacción.
A veces la crianza
hay que afrontarla
como unos juegos olímpicos
donde te enfrentas a pruebas
sin ser especialista en nada.
Y claro, hay caídas,
errores, falta de consensos,
imprevistos de última hora,
emergencias sanitarias,
fallos en la coordinación,
canales equivocados...
y culpa,
el puto sentimiento
de culpabilidad
autoimpuesto
o derivado
de las presiones sociales.
La crianza también
es sentirse
como una puta mierda
con patas,
perdida y cansada.
En ocasiones deambulamos
somnolientas
haciendo las cosas
a medias
con la sensación
de no llegar a nada
a tiempo.
Esa racha negativa
en la que te ves inmersa
como si fuera
un acertijo irresoluble.
Porque lo intentas
pero no lo consigues.
Porque las expectativas
se convierten
en la bofetada
que nadie debería darte.
Por eso te gustaría
ser una osa
que hibernara
medio año
en una cueva.
Porque hay veces
que no sabemos
cómo hacerlo
y otras tantas
que no encontramos
las respuestas nunca.
Como manchas
que no desaparecen
por mucho que las laves.
Efectivamente hay días
que te gustaría volver
a ser una niña
dependiente
para que se encargaran
de ti
despojándote de cualquier
responsabilidad.
O la de no levantarte
como si la cama
fuera a curar
todas tus debilidades.
Esta es la llamada
convivencia
de muestras contradicciones
donde además
te sientes continuamente
juzgada.
Como si no tuvieras
suficiente contigo misma,
como para estar
pendiente de las
opiniones del resto.
Y lloras como
un pozo sin fin.
Y gritas por dentro
hasta quedarte
afónica.
Y aprietas fuerte
las articulaciones
de tu mano
para diluir la rabia
que llevas dentro.
Aquí no hay recompensas
ni agradecimientos tangibles.
Aquí no sale
el arcoiris,
no hay brisa que
calme la asfixia.
Aquí te encuentras sola
y sucumbes
a vivir de rodillas.
Aquí es donde sale
el fascismo
que todas llevamos dentro.
Y cada una le pondrá
un nombre
a lo que le ocurre.
Y lo dotará
de un significado distinto
según le corresponda.
Y le llevará
más o menos tiempo.
La soledad de
la corredora de fondo.
Todo esto
también
es la crianza.
Que no te engañen.
Que no te lo cuenten
sin tu permiso.
Ésta es la parte
que nos empeñamos
en invisibilizar.
Y hasta que no asumamos
que haya que aprender
a vivir con ello,
no podremos dar
lo mejor de nosotras mismas.
Se me olvidaba.
Escribo esto
siendo hombre
con una mirada
medianamente sensible.
Si eres mujer,
por el hecho de serlo,
la gravedad de los acontecimientos
se infiere infinitamente
más compleja.
Lo siento.
_A la madre de mi hijo.
A la mujer que me acompaña
y a la que acompaño_
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